Hace años, en Fabriano, caminaba por el pasillo cerca de la biblioteca, donde muchos proveedores internacionales de materiales de arte tenían sus expositores. Al pasar, curioseando los productos, John me saludó de repente con mucha calidez: “Hola, querido amigo”, como si nos conociéramos de toda la vida. Me entregó un folleto y un tubo de pintura de 5 ml.
Para él, tal vez fue un simple gesto, algo que solía decir a muchos visitantes. Pero para mí, fue un punto de inflexión. La calidez en su voz y la amabilidad de aquel momento me conmovieron profundamente. En aquel entonces, ni siquiera conocía los principios ni la filosofía de DS; simplemente me sentí abrumada por la generosidad y el espíritu que había detrás de aquel gesto.
Más tarde, cuando por fin usé ese tono, me enamoré de él. Ese mismo año, mi esposa viajó a Estados Unidos por trabajo y, sin saber mucho de la marca, me trajo unos tubos de DS. Y ahí empezó todo. Lo tuve claro: si pintaba con acuarelas, tenían que ser de DS.
Para mí, DS no es solo una empresa fabricante de colores. Es una familia, una que me recibió con los brazos abiertos desde el principio. Incluso hoy, ese espíritu se mantiene en cada interacción. John y Katherine comprenden las necesidades, preferencias y aspiraciones de cada artista con auténtico cariño.
Me siento verdaderamente afortunado y agradecido de formar parte de la familia DS.



